Adiós, 2019: a veces se gana, a veces se aprende

Escrito por Abril Camino - 31 diciembre

Adiós, 2019: a veces se gana, a veces se aprende

2019 no ha sido el mejor año de mi vida. Tampoco el peor, a pesar de una primavera que estuvo a punto de tirarme al barro. Pero va a ser verdad eso que dicen de que unas veces se gana... y otras, se aprende.


El año empezó como todos, como espero que lo haga este, con una cantidad indecente de chocolate caliente y churros. Con la Marcha Radetzky de fondo. Y por dentro, con una ilusión enorme porque este iba a ser, en algunos sentidos, «mi gran año». Spoiler: no lo fue. Pero eso llegó más tarde. Enero fue magistral. Abrieron el Re-Read en Coruña, me fui a Vigo a un encuentro con lectoras, a Gijón a un partido de fútbol y acabé el mes en mi lugar favorito del mundo, un Londres que estuvo especialmente lluvioso y puñetero, o sea... como más me gusta. Y conmigo asistiendo a la representación 27.675 de The Mousetrap (La ratonera) en el Teatro St Martin del West End, así que... no se puede pedir más.


Stonehenge, febrero 2019

El primer día de febrero vi Stonehenge nevado bajo el sol de invierno. Supera eso, claro. A partir de ahí, normal que el año fuera a peor. En febrero también empecé a trabajar en el blog de Animosa, escribiendo sobre feminismo, empoderamiento y sororidad. Me pasé el mes intentando que arrancara «Proyecto-Londres», cosa que no ocurrió. Hasta me largué a Oporto a inspirarme, a salir de mi zona de confort para que las palabras surgieran solas y... lo que en realidad conseguí fue tomar la decisión de abandonar ese proyecto. Eso sí, los 26 grados con los que me recibió Oporto me hicieron olvidar pronto los males literarios. Y me trajo... otra inspiración. Pero eso no llegó hasta marzo.


Oporto, febrero 2019

Vaya mes marzo, eh. Podríamos llamarlo «puto marzo» y se adaptaría mejor a la realidad. Empezó conmigo temblando de nervios por la publicación de Imposible canción de amor. Con nervios, ilusión y ni zorra idea de que la única persona interesada en que esa novela funcionara era yo. El mundo editorial, que está así de bien de la cabeza. Quiso la suerte (o las musas o el cosmos o yo qué coño sé) que, al mismo tiempo que llegaban las decepciones, una historia se me colara dentro como pocas antes lo han hecho. Como NINGUNA antes lo hizo. Y con sesiones de escritura absolutamente psicóticas (el récord fue una de 14.496 palabras) recuperé la ilusión. Las ganas. Creo que ahí aprendí que nadie, a excepción de mí misma, tendrá jamás la capacidad de quitármelas. Aprender eso fue muy guay. En medio de toda la locura, aún tuve tiempo de ir a un concierto de los Hombres G, de hacer una escapada futbolera a Oviedo y de cumplir un viejo sueño adolescente: hacer el camino de Santiago. Aunque el proyecto se quedara en una sola etapa que ojalá algún día retomemos.


Imposible canción de amor, marzo 2019

En abril las cosas se empezaron a torcer. No al principio, claro. Aún quedaba el mejor momento del año antes de que llegaran los disgustos. Y el mejor momento del año es esa Semana Santa en Vila Nova de Milfontes (con el extra de unos días más en Peniche este año) que no vamos a olvidar nunca. Igual que al llegar a casa me encontrara la cocina inundada hasta el tobillo debería haberme dado una pista de que lo mejor que podría hacer sería meterme en la cama hasta noviembre, más o menos. Pero no lo hice.


Vila Nova de Milfontes, abril 2019

Y mayo me enseñó lo mejor y lo peor de la vida. Lo mejor fue un viaje que llegó como lo hacen las mejores cosas de la vida: de rebote y por casualidad. Me marché a Madeira y Azores porque necesitaba desconectar de un momento profesional feo, algo que no había vivido desde que me dedico a esto. Y descubrí dos paraísos que no olvidaré nunca. Que soñaré con volver a visitar hasta que sea posible hacerlo. El problema fue que el aterrizaje en la realidad fue una caída desde demasiado alto. Al volver a casa recibí una de las peores noticias de mi vida y todo se nubló.


Madeira, mayo de 2019

Junio no fue un gran mes. Estaba muy triste en lo personal y bastante perdida en lo profesional. La Feria del Libro fue un oasis dentro de un mes muy duro. Reencontrarme con lectoras de siempre, conocer a algunas nuevas y abrazar a esas compañeras que son amigas, a esas amigas que son familia. Luego ya el mes se completó con que el Depor no ascendiera en plena noche de San Juan y que yo me desmayara en un restaurante delante de media ciudad porque la ansiedad me estaba gritando que parara un poco o casi mejor que estuviera inconsciente. En serio. Un mes para olvidar.


Feria del Libro de Madrid, junio de 2019

Julio me llevó a cumplir un sueño de la adolescencia con algunos años de retraso. Ver a Bon Jovi en Madrid me reconcilió con la cría que escribía las letras de sus canciones en las tapas de los libros de texto. Fue bonito, emocionante, increíble (aunque no cantara Always). Y de Madrid me fui directa a Foz, que allí se me olvidan todos los males. Sol, familia, perros, Cantábrico, amigos. Esa receta no suele fallarme por mucho que se hubieran torcido las cosas antes.



En agosto... más de lo mismo. Eso sí, con unas cuantas escapaditas para conocer lugares de esos de los que hablo poco porque no quiero que nadie más los descubra (sorry not sorry). Buenos libros, viajes en moto, el 14º cumpleaños de Suomi, un enganche tardío, sorprendente y grave al Candy Crush, aprovechar cada día de playa como si fuera el último y empezar a pensar en Olivia, que estaba ya en capilla.


Mariña lucense, agosto 2019

Septiembre fue su mes. El de Olivia, que había llegado a mi vida casi dos años antes y había tardado mucho en metérseme dentro. Tanto que la abandoné durante ocho meses porque no era su momento. El resultado final acabó gustándome, pero no la consideraba una de mis mejores novelas. Igual me paso de sincera, no digo que no, pero... así era. Y entonces llegó. Y superó todas mis expectativas. Todas las que jamás hubiera imaginado sobre una novela mía. Y no hablo de ventas, que no me gusta nada. Hablo de vuestras opiniones, de los mensajes, las reseñas, el cariño con el que habéis tratado La petición de Olivia. Es imposible que lleguéis a saber todo lo que significó. Y lo digo de forma literal, porque para entenderlo habría que saber todo lo fea que fue profesionalmente la primera mitad del año. No me gustan las revanchas ni los zascas, pero qué bonito fue conseguir sola lo que otros me negaron.


La petición de Olivia, septiembre 2019

En octubre volví a subirme a un avión, en un viaje que casi desde el principio estuvo en el aire. Me fui a recorrer los Balcanes durante doce días y descubrí lugares preciosos... y muchas cosas feas. Volví a casa con una sensación rara en el cuerpo. La de que en el mundo hay más intolerancia y más heridas abiertas de las que queremos creer. Se me volvió a inundar la casa, que parece haberse convertido en una rutina más de mis viajes. Y en Coruña empezó a llover como si no hubiera un mañana (al menos, un mañana seco). Y para adaptarme al medio, yo retomé la natación, que era mi afición (obsesión) favorita en la infancia y adolescencia. La mejor noticia del año probablemente sea que nadie haya tenido que usar un desfibrilador conmigo a pesar de las palizas que me pego en la piscina.


Ohrid, Macedonia, octubre 2019

En noviembre me hinché a conciertos, obras de teatro y tardes de cine para compensar que no me moví nada de Coruña (y que las actividades al aire libre las impidieron unas siete mil ciclogénesis seguidas). Pero sobre todo, me hinché a trabajo. A correcciones, relecturas y todo eso que hace falta para dejar preparados los proyectos de 2020. Y Olivia siguió siendo mi salvavidas, para casi todo.


Caos, noviembre 2019

Y así llegamos a diciembre, uno de mis meses favoritos del año, que empezó con la celebración en cuatro días consecutivos de mi cumpleaños, siguió con dos quedadas con mis amigas de siempre (nos cuesta vernos una vez al año; imaginaos la locura que son dos veces en un mes) y acaba con el aluvión de tradiciones navideñas que me encantan, mientras La vida después de ella espera ya al final del camino. Para seguir escribiendo. Publicando. Soñando.


Mi cumpleaños, diciembre 2019

Y ese es el resumen (nada resumido) de mi 2019. Dicen por ahí que unas veces se gana y otras, se aprende. Puede que hace un año le hubiera sacado el dedo corazón a tremendo topicazo Mr Wonderful, pero... este año me ha enseñado que es verdad.

Porque yo empecé 2019 creyendo que publicaría mi mejor novela y otra que... bueno... no era para tanto. Pero el año me ha enseñado que lo que hace especial una novela no es solo lo que sientes al escribirla, ni lo buena que creas que es ni muchísimo menos lo que otros te cuenten sobre ella. Una novela queda en el recuerdo como una experiencia completa, desde el día que la idea se te mete en la cabeza hasta que está publicada y recibes el feedback de los lectores. Y en eso Olivia se ha convertido en algo casi insuperable.

Empecé 2019 creyendo muchas cosas. Lo acabo sabiendo, más que nunca, valorar las pequeñas cosas de la vida. Un vermú de domingo. Una Navidad con mi perro que pensaba que la vida no me concedería. Muchas tardes en el Re-Read descubriendo libros que han pasado por otras manos antes de caer en las mías. La locura de llorar un día porque Extremoduro se separa y acabar un par de días después comprando entradas para dos de sus conciertos de despedida. Mis amigas, siempre ahí. Bebés que llegaron para hacerlasnos más felices. Mamá. Juan. Dido. Mi familia y otros animales. Audios de WhatsApp que parecen podcasts. Cactus, risas y maldades. El indiscutible placer de engancharse tanto a un libro que te encuentra la mañana leyéndolo. Abrir un documento en blanco en el portátil y dejar que se obre la magia.



No sé qué me deparará 2020. Ni quiero saberlo. Eso también lo he aprendido. Que no hace falta tenerlo todo tan planificado como a mí me ha gustado siempre. Que está bien dejar que te sorprenda, aunque a veces la sorpresa sea un susto. Solo espero sonreír más de lo que llore y ser capaz de levantarme del suelo más veces de las que la vida me tire a él. Y sobre todo, que dentro de un año, si me encuentro haciendo un balance como este, quedarme con lo bueno. Que lo habrá. Siempre lo hay.


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