Mario, Candela y la historia de la portada maldita

Escrito por Abril Camino - 09 agosto

Mario, Candela y la historia de la portada maldita

Esta entrada debería ser para presentaros a Mario y a Candela. Para contaros un poco de la intrahistoria de la novela, a falta de veintiséis días para que vea la luz. Para hablaros de lo cuquis que son, lo que disfruté conociéndolos y lo que me impulsó a escribir una historia que no entraba para nada en mis planes de trabajo de este año.

Pero no.

Esa entrada llegará, lo prometo. La semana que viene o, como muy tarde, la siguiente. Pero hoy tengo que hablaros de la portada de esta novela. Mejor dicho, de la p*** portada de esta novela y su maldición. ¿Creéis que he enloquecido? Es probable. Pero, si lo he hecho, es todo culpa de ella. De la portada maldita.

Portada de En una casa blanca a la orilla del mar

Esta es la portada de En una casa blanca a la orilla del mar. Bonita, ¿verdad? Modestia aparte, a mí también me lo parece. En esta ocasión, la he hecho yo enterita, desde la búsqueda de la imagen de fondo, la del sobre (por aquello de que es una novela epistolar), la selección de tipografías, etcétera.

Fue fácil. Fue jodidamente fácil hacerla, al contrario que la mayoría de mis portadas. Y eso ya debería haber sido un augurio de que lo difícil estaba por venir.

La foto de fondo es exactamente lo que quería que fuera. Una casa blanca (obvio), con el mar de fondo y una gama de colores blancos y azules. Bien. Fácil. Me gustaban unas cuantas tipografías, hice pruebas, las pasé a mis amigas escritoras, les gustó y llegó ese maravilloso momento que tanto se me ha atascado otras veces. El de decir «¡¡tenemos portada!!» (porque nosotras somos muy de hacer todo en grupo y vivirlo en común).



¿Qué podía salir mal? Faltaban unos cuatro meses para la publicación de la novela y yo ya tenía en mis manos la copia de prueba, ese ejemplar que se pide a Amazon para comprobar que todo está en su sitio y bien. Lo leí. Cacé al vuelo un par de erratas que se me habían pasado por alto en las diferentes fases de corrección. Moví de sitio unas cuantas comas porque tengo como vicio con eso. ¿En serio iba a ser todo tan fácil? Todo apuntaba a que sí.

Y llegó la Feria del Libro de Madrid. Allá que me fui con el ejemplar de prueba bajo el brazo porque iba a compartir unos días en vivo y en directo con las escritoras con las que comparto mi día a día durante todo el año con una pantalla y muchos kilómetros de por medio. Por una vez en la vida, podríamos toquetear en persona un ejemplar de prueba, en lugar de enviarnos cincuenta mil fotos por WhatsApp. 

Llegó el gran momento. Fue el sábado después de la firma en el Retiro. Estábamos tiradas en un apartamento de Malasaña ocho escritoras y una amiga de una de ellas que no tiene nada que ver con este mundillo. Y nos fuimos pasando el ejemplar de mano en mano. «¡Qué bonito!». «¡Te ha quedado chulísima!». «¡Me encanta!».



Yo, henchida como un pavo de orgullo por MI preciosa portada sin fallos. Y entonces oigo la voz (vocecita, porque debía de estar flipando la pobre) de la amiga de mi amiga escritora: «Pero mira... esto de aquí... ¿es así?». Señalaba hacia el título, pero yo pensaba que se refería a esa banda horrorosa que le pone Amazon a la copia de prueba que dice «prohibida la reventa». Y como soy así de didáctica, se lo expliqué: «No, mira, esto es una cinta gris que pone Amazon para...». Se lo expliqué, COMO SI YO FUERA LA LISTA DE ESA HISTORIA. Y ella añadió: «No, no. Me refiero a que si se titula 'En UN casa blanca a la orilla del mar'».

Silencio. Mucho silencio. Risitas nerviosas de fondo. Podría mantener en el anónimato a las otras siete escritoras que estaban allí sentadas conmigo, pero NO. Aquí la vergüenza se comparte. La vergüenza de estar tan ciegas como yo, quiero decir. Eran Neïra, Alice Kellen, Saray García, Susanna Herrero, Alejandra Beneyto, Audrey Ferrer y Cherry Chic. Alejandra, Audrey y Cherry tienen un pase porque era la primera vez que veían la portada, pero Neïra, Alice, Saray y Susanna... ¡¡la habían visto doscientas veces!! Una de ellas, no voy a decir el nombre (ejem... Neïra), cogió su móvil al grito de «pero es que esta no puede ser la portada que nos enviaste todas las veces». Lo era. En todas y cada una de las versiones de prueba de tipografías, de cambios de tamaño, de imágenes diferentes, incluso. En TODAS, ponía «En UN casa blanca a la orilla del mar».



El ataque de risa fue antológico. De los que duran mucho rato y hacen saltar las lágrimas. Yo tuve que agarrarme a una pared porque me caía al suelo, de verdad. Y ahí quedó la anécdota, para la microhistoria de esta novela. De hecho, pensaba incluirla en esa entrada que siempre hago después de publicar con curiosidades sobre la novela.

¿Ahí quedó la anécdota? NOOOOO. Porque cuando una es imbécil, siempre tiene que hacer todo lo posible por demostrarlo. Este martes llegó el gran día de compartir con el mundo la portada de la historia de Mario y Candela. Decidí hacerlo después de comer, porque suele ser la hora a la que mejor responden mis seguidores en redes (sí, en esas cosas SÍ me fijo, no como en las letras que faltan en mis portadas, al parecer). Siempre me pone muy nerviosa el momento de compartir portada porque es como el instante en que la novela se hace real, en que no hay vuelta atrás. Subí la foto, añadí un texto que me salió del alma y... ¡publicar!

Con todos ustedes... LA PORTADA MALDITA
Cerré los ojos un segundo, pensando «pues ya está, ya son reales». Suspiré. Estaba a medio camino entre nerviosa y tranquila. Y entonces... mi móvil. Notificaciones de WhatsApp, de todas las redes... Por un momento me dije «joder, pues sí que le está gustando a la gente, que no paran de comentar». Hasta que previsualicé el primer whatsapp que se veía en la pantalla. Era de Cherry. Decía algo así como «¡¡pero tía!! que has subido la portada que no es». PÁNICO. Entro en Facebook. Dos mensajes de seguidoras: «¿oye, lo de 'En UN casa blanca' es una errata o tiene algún significado?». Otros dos en Twitter. SEIS en Instagram. EN-TRES-P****-MINUTOS.



Mejor no os cuento el ataque de pavor. Solo os digo que soy la persona más perfeccionista del mundo y que compruebo las cosas 2319313 veces antes de hacerlas. Menos con la portada maldita. ¿Por qué no había borrado la portada chunga después de corregirla? Solo Dios lo sabe. Quizá me gustó guardarla como recordatorio de que a veces las neuronas no me hacen sinapsis. Solo sé que el archivo se llamaba «portada-ebook» y que al otro, al bueno, le puse «portada-ebook-version2-corregida». Mi cerebro, al parecer, leyó «portada ebook» y eso le pareció suficiente. Puto cerebro.

Y esta es la historia de la portada de Mario y Candela. Necesitaba contársela al mundo para reírme un poco de mí misma, otro poco de esas compañeras escritoras que TAMPOCO vieron la errata en su día y un mucho para tranquilizarme después de haber tenido que borrar en cuestión de segundos todas las publicaciones que había hecho con la que ya podemos denominar «la portada chunga».

Esto es lo que estuvo A PUNTITO de ocurrir

Por cierto, al entrar en estado de paranoia después de percatarme de la errata, me fui corriendo a KDP, que es la página a través de la cual los autores gestionamos la autopublicación en Amazon y... ¿a que no adivináis qué portada había dejado lista para publicar el día 4, cuando Mario y Candela salgan a la luz? Efectivamente, LA CHUNGA. Por suerte, ya está corregida, así que casi casi tengo que dar gracias a la cagada del martes en redes por haber levantado la liebre.

Si me queréis y queréis que se me pase el disgusto / susto de todo esto, dadle amorcito a la portada (A LA BUENA) en las redes. Necesito sobredosis de cariño después de todos los disgustos que me da esta portada. Por aquí os dejo los enlaces a la publicación en Facebook, Twitter e Instagram.

PD: Esta entrada, la portada y TODO lo que tenga que ver con ella va dedicado a Vanessa, la amiga de Susanna Herrero que se dio cuenta por primera vez de la errata y que es la auténtica heroína que impidió que publicara una novela con una pedazo de errata en plena portada. Y por las risas de Madrid, que creo que no se nos olvidan a ninguna.

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