jueves, 3 de septiembre de 2015

Los cinco mayores dramas de la vida de soltera (y algunas posibles soluciones)

Los cinco mayores dramas de ser soltera (y algunas posibles soluciones)

Vivir sola mola un montón. Pero un montonazo. Supongo que únicamente quien vive solo valora todos esos momentos en que el simple hecho de pensar en compartir sofá con otra persona podría matarnos de un ataque de pereza extrema. En mi caso, vivir sola fue una imposición del guión de la vida, que suele superar con creces el argumento de cualquier novela romántica. No me llegó la oportunidad hasta hace algo más de un año, bien rebasada la barrera de los treinta. Por más que en plena adolescencia me imaginara a mí misma diez años después viviendo una existencia súper alternativa en pleno Portobello Market (que era lo más hippy que conocíamos en los 90, antes de que a Julia Roberts le diera por enamorar a Hugh Grant allí al lado), lo cierto es que a los veinticinco ya había hecho la transición de pasar de casa de papá y mamá a irme a vivir con mi novio. Así que, hasta los treinta y tres años, no descubrí las mieles de la independencia completa, de tener una casa para mí sola. Y ahí llegaron los problemas. 

¿Es maravilloso vivir sola? Sí. ¿Es todo un camino de rosas? No. Ahí van los dramas de la vida de soltera y algunas posibles soluciones.

1. Ese vestido cuya cremallera es IMPOSIBLE subir / bajar sin ayuda:
Soy una persona bastante flexible, pero ni por esas. Hay cremalleras que no quieren cooperar, que son unas zorras enemigas de la independencia de la mujer. Si, encima, el vestido es lo suficientemente ajustado (hablando de enemigos de la mujer) como para que no exista la posibilidad de abrochárselo por delante y girarlo, acabaremos renunciando a él o yendo a trabajar con media espalda al aire en espera de que nos suba una compañera la cremallera.

¿Solución? Enganchar un hilo, collar o similar a la cremallera y tratar de no cargarse en el intento ni el adminículo en cuestión, ni la cremallera, ni el vestido ni la dignidad. Está complicado, pero es posible.

Subirse una cremallera sola

Podemos aplicar este mismo apartado a cualquier tipo de pulsera no elástica. Una breve búsqueda en Google, además de mi propia experiencia, me ha revelado que con las pulseras es todo más sencillo. Hay hasta vídeos en YouTube que lo explican:


Y, si la opción del vídeo no nos convence, podemos adquirir el aparatejo de la imagen de aquí abajo a la izquierda (yo lo compré en eBay y me proporcionó dos fantásticos usos antes de desmembrarse) o ser lo más cutre del mundo y pegarnos la pulsera a la mano con celo, lo cual, ya puestos, nos hace una minidepilación casera:

Soluciones para abrocharse una pulsera sola
La solución de la izquierda se paga en euros desperdiciados.
La de la derecha, en pelos que sobraban. Vosotras veréis.

2. El día en que estás enferma y salir de la cama supone un drama de proporciones bíblicas:
Aquí ya nos dejamos de tonterías y pasamos a palabras mayores. Quizá algunas de vosotras pertenezcáis a esa categoría de gente que disfruta siendo cuidada por su madre cuando está enferma. No es mi caso. Tampoco soy una de esas protagonistas de novela romántica que, cuando están enfermas, estornudan un poquito y a ellos les parecen adorables. Pues no. Cuando estoy jodidamente insoportable enferma, me gusta tener criados, no enfermeros. Es decir, me gusta que me traigan absolutamente cualquier capricho que se me ocurra a la cama en menos de tres segundos. Esos caprichos generalmente son chocolate y la Cuore. Si tengo un día especialmente cultural, en vez de la Cuore, el Hola. No quiero que nadie me diga que debería tomarme una sopa, que es un alimento que me rechifla excepto cuando estoy enferma, porque ¿qué cojones no entiende la gente de que solo quiero alimentarme de chocolate hasta que se me pase? 
Desde que vivo sola, he pasado solo por una minigripe que se solucionó en un par de días. ¡Pero vaya drama! En las breves visitas que consentí en dos días, hice que todo el mundo dejara a mi alcance (es decir, en la cama) el termómetro, el paracetamol, el ibuprofeno, los antibióticos, las pastillas para la tos, para la garganta (nunca hay suficiente medicación, mucho menos si es automedicación, que es la mejor medicación de todas), camisetas limpias para cambiarme después de los ataques de sudor febril, cantidades ingentes de botellas de agua y hasta un cepillo de dientes. Pero, claro, siempre surge algo por lo que tienes que levantarte arrastrarte hasta el cuarto de baño (ese algo suelen ser las ganas de hacer pis). Y ahí es cuando te replanteas que lo de la independencia es una puta mierda y que necesitas que alguien te aguante la cabeza y el mal humor cuando estás malita. 
Y eso que solo he pasado dos días de gripe (y unas cuantas resacas). No me quiero imaginar que mi cuerpo vuelva a ponerse en modo humorístico, como cuando fui la única persona de Europa occidental que tuvo dos veces mononucleosis en un periodo de quince meses. Solicitaré la eutanasia si eso llega a pasar.

La niña de El Exorcista solo tenía una gripe
Yo, durante mi última gripe. Me encontraba fenomenal.
¿Solución? No hay solución. La gripe no tiene cura, hay que pasarla. Si de mí dependiera, haría una moratoria del Nobel de Medicina hasta que alguien arregle esta cuestión. Por Dios santo, habéis conseguido que los viejos verdes adorables ancianitos estén palotes todo el día con una pastilla azul. Investigadores, ¡haced algo con la gripe!


3. Ese plan espantoso que nadie quiere hacer contigo:
Hablemos de guilty pleasures. De esas cosicas que nos gustan incluso sabiendo que no deberían gustarnos. Y no hablo de ponernos tibias de helado de mantequilla de cacahuete (Ben & Jerry's, si no lo habéis probado, estáis perdiendo la mitad de vuestra vida) mientras vemos por 2492ª vez Dirty Dancing (la de Patrick Swayze, of course, trato de olvidar que hubo una lamentable segunda parte). Eso nos gusta a todas. Hablo de esos planes para los que ninguna amiga se apunta. Puede ser el musical de Hombres G (no, no he superado los ochenta) o una charla en la universidad sobre cualquier tema soberanamente aburrido, pero que a ti te apasiona. Ese jodido plan para el que no consigues reclutar a nadie y que es demasiado patético de por sí como para que lo empeores yendo en plan forever alone
Cuando tienes pareja, esos planes se solucionan fácil: le OBLIGAS a ir. Allá cada una con los métodos que utilice para conseguirlo (la promesa de una mamada sexo oral no suele fallar), pero todas sabemos que acabaremos por lograrlo.

¿Solución? Mamáaaaaa, ¿te apetecería ir conmigo a...? (¿No dicen que una madre haría cualquier cosa por sus hijos? Pues este es el momento de demostrarlo, que no siempre les va a surgir la ocasión facilona de salvarnos la vida del atropello de un camión con los frenos descontrolados).

4. Los planes románticos que hasta a mí me apetecen de vez en cuando:
Lo pasteloso no me va nada. Y mucha gente no entiende que me dedique a esto de la novela romántica cuando los corazoncitos rosa me hacen vomitar (y cuando vives sola y vomitas, te toca a ti limpiarlo, así que no es una opción). Pero todas tenemos nuestras debilidades. A mí, en concreto, esas debilidades me vienen en los viajes. Y no es que eche de menos pasear por los Campos Elíseos de la manita del amor de mi vida. Venga ya, colega, estoy en París y el amor de mi vida soy yo, así que no va de eso la historia. Va de tooooodos esos planes que nos invaden como representación de lo romántico. Seamos serias, ¿a quién le apetece cenar en lo alto de la Torre Eiffel, con velitas y todas esas cosas, con su madre? A mí, no. ¿Y recorrer Venecia en góndola? ¿Y colgar un candado en el puente de Carlos de Praga? Vale, esto último no le apetece a nadie en su sano juicio, pero ¿entendéis el concepto?

Dormir en una tienda colgada de un árbol... ¿sola?
¿A alguien le apetece pasar aquí la noche con su prima de doce años?

¿Solución? La solución ideal sería agenciarte un follamigo con el que cumplir las dos premisas básicas del concepto: tener una bonita amistad y follar mantener relaciones sexuales. Como lo de la follamistad siempre es una complicación, porque, al parecer, los seres humanos somos incluso más gilipollas de lo que parecemos, queda la opción de irte con una amiga soltera a la que le apetezcan esos mismos planes. Todo el mundo creerá que sois lesbianas, pero la realidad de la vida es que a las solteras nadie las respeta, pero todo el mundo respeta ya a los homosexuales (y el que no lo haga tiene un problema bastante mayor que pensar en con quién me subo yo a una góndola).

5. Las compras de urgencia en plena noche:
Lo confieso. Para mí, este es el gran drama. Y hablo de cosas serias, no me refiero al pan de pipas Hacendado (¿otra cosa que no habéis probado? Yo no sé qué estáis haciendo con vuestras vidas). Hablo de las dos grandes urgencias que surgen siempre en el peor momento: tabaco o productos de higiene femenina. 
Lo del tabaco es interesante, porque se convierte en un juego de poder entre tu nivel de adicción y tú misma. Un puedo aguantar perfectamente hasta mañana sin fumar contra un ¿a quién coño quieres engañar? ponte el chándal por encima del pijama y busca un bar abierto. A veces, incluso implica encontrar monedas. O tener que ir al cajero porque en tu cartera solo encuentras dos monedas de céntimo y aquel ticket de Zara que decidió no aparecer cuando tu urgencia era cambiar los pantalones que te compraste sin probar. Pero, oye, allá cada una con su vida yonki.
Lo de la higiene femenina, en cambio, es un imperativo. El día en que te encuentras a ti misma rebuscando en todos tus bolsos, el cajón de emergencia que decidiste crear con algunos productos de primera necesidad (y que vaciaste de contenido a la primera, sin plantearte siquiera volver a surtirlo), el neceser de viaje, el bolsillo pequeño de cada maleta, el fondo más profundo de cada compartimento del mueble del baño... y, ¡mierda!, no hay ni un tampón ni una mísera compresa, eres consciente de que estás bien jodida y de que vivir sola es una mierda. Bueno. En realidad no te das cuenta hasta que te ves obligada a arrastrarte al OpenCor con las bragas envueltas en papel higiénico. Bueno, eso me dijo la amiga que me lo contó, claro... ejem...

¿Solución? Acordarte de todo en la compra y tener bien surtido el cajón de emergencias, pedazo de zopenca, que ya es triste que de comprarte los tampones se tuviera que acordar siempre tu pareja. Bueno, eso o lo del papel higiénico.

¿Qué opináis? ¿Son estos cinco dramas tan terroríficamente bíblicos como me lo parecieron a mí cuando me ocurrieron mi amiga me los contó? Pues, ojito, que hay un bonus track: el drama espantoso de aguantar la permanente cansinez (¿por qué esta palabra no existe?) de la gente que te quiere ver emparejada. Pero eso es más un tema de estar soltera per se que de vivir sola, tal como os contaba la semana pasada en el post ¿Soltera a los treinta y cinco? ¡Tienes que rehacer tu vida!. La solución a eso me parece demasiado ardua para explicarla de viva voz, así que mejor os la resume el señor Nicholson.

¿Rehacer mi vida?

¿Conclusión de todo lo anterior? Vivir sola no es un camino de rosas y tiene algunas desventajas. Pero ya veis que hay solución para todo. Hablando un poco en serio, estoy convencida de que es una fase de la vida por la que todos deberíamos pasar como parte de nuestra formación como personas. Yo, en concreto, le he cogido tanto el gusto que creo que ni el mismísimo Jamie Dornan suplicando podría hacerme cambiar de opinión. 

Jamie Dornan esperándome ansioso
Vaya... Y yo pensando en pedirle que viviéramos juntos.
PD: Jamie, si lees esto, quizá insistiendo mucho y muy fuerte puedas convencerme de renunciar a mi independencia. Recuerda que en el punto 1 hablábamos de flexibilidad (guiño-guiño).

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