jueves, 13 de abril de 2017

De vacaciones en el paraíso de Diego y Lucía

De vacaciones en el paraíso de Diego y Lucía

Hoy no me voy a enrollar mucho... Más que nada, porque estoy de vacaciones. Sí, esa extraña palabra que los escritores no usamos casi nunca porque solemos utilizarlas para trabajar más de lo habitual. Pero esta vez no. Esta vez me he venido de viaje sin el portátil en la maleta (los milagros existen) y con la intención única y absoluta de desconectar. Y, para eso, tengo la suerte de conocer un lugar que siempre consigue obrar la magia. Y ahí es donde estoy (que estéis leyendo hoy esta entrada no es otro milagro, es que la he dejado programada para daros envidia de la mala).

No os voy a decir el pueblo en el que estoy por dos motivos: el primero, que tengo la extraña necesidad de guardármelo para mí misma. Como si quisiera que nadie más lo conociera, que fuera solo mío. El segundo, que seguramente me pasaré las vacaciones publicando cosas en Instagram y no será muy difícil adivinarlo. Pero es que hay otro método más eficaz para averiguar cuál es ese lugar al que yo considero el paraíso. En la Saga Destino... sale. Y me diréis: «Pero es que en la Saga Destino sale media Europa». Pues sí, eso también es verdad. Tendréis que recurrir a Instagram, entonces 😛.

En el lugar en el que estoy, esto es un centro comercial

¿Nunca habéis tenido la sensación de que un lugar se os clavaba en el alma? A mí me ha pasado varias veces. He tenido enamoramientos temporales de varias ciudades (hablé de mis tres grandes amores en una entrada hace algún tiempo), pero solo algunas permanecen para siempre, y siempre tengo la necesidad de volver. París, La Habana, Nueva York, Berlín... Pero, por encima de todo, Londres. Hace poco más de seis meses que estuve por última vez, y la echo tanto de menos que no creo que me aguante mucho más sin volver.

Estoy convencida de que, para que un lugar te deje marcado, es importante el momento en que lo conociste. Yo conocí Londres con los ojos de una cría de quince años que se quería comer el mundo y y había salido más bien poco de su casa. Y Londres me enseñó el mundo entero en un ratito. Y ya nunca se fue de ahí. He vuelto acompañada de toda la gente a la que quiero, en fines de semana relámpago, en estancias largas, sola, en invierno, en verano, en hoteles de lujo y en hostales con ratones en la habitación incluidos. Lo he pasado muy bien... y también lo he pasado mal. Como en casa. Como con todos los grandes amores.

En el lugar en el que estoy, estas son las vistas desde la cama

El lugar en el que estoy no tiene una historia tan bonita detrás. Esta es la tercera vez que vengo y la situación vital en la que he llegado a esos tres viajes se podría definir, siendo optimistas, como peculiar. La primera, en plena fase de reconstrucción familiar después de una pérdida que arrasó con el mundo tal como lo conocíamos. La segunda, aferrada como una desesperada a una relación que no es que hiciera aguas, es que estaba inundada hasta el cuello y la única que no lo veía era yo. Y esta tercera, como siempre digo últimamente, en el mejor momento de mi vida, aunque también en una situación... peculiar.

Lo curioso del caso es que las tres veces he venido con la misma gente. Y pongo gente en cursiva porque dos de las cinco personas son perros. A este pequeño pueblo portugués (pista importante), he venido siempre en plan viaje familiar. Con mi madre, siempre. Cómo no. Con mis dos perros, Suomi y Dido, que son los únicos que disfrutan de este lugar más incluso que yo. Y con J, que vino como mi marido la primera vez, como casi exmarido la segunda y como rotundamente exmarido pero siempre mejor amigo esta tercera. ¿Familia peculiar? No. Qué. Va.

En el lugar en el que estoy, hasta mi perro flipa con los colores de la puesta de sol

El asunto es que estoy en Portugal, eso ya os lo he dicho. En un pueblo que es tan bonito que hace que me odie por no ser mejor fotógrafa. En un pueblo bastante desconocido, lejos del bullicio turístico del Algarve, lejos de Lisboa, lejos de Oporto, lejos... joder, de casi todo. La primera vez que vinimos, os juro que pensábamos que estábamos cerca del fin del mundo, después de horas y horas de carretera y manta.

Siempre me ha encantado ambientar mis novelas en lugares que adoro. Sí, me falta la novela sobre Londres, lo sé, todo el mundo me lo dice. Pero llegará. En mi cabeza ya está, falta que me decida a teclearla. El Nueva York del que me enamoré la primera vez que fui está en los hermanos Sullivan, en Pecado, penitencia y expiación y en alguna(s) otra(s) cosilla(s) que está(n) por llegar. París está también en Pecado, penitencia y expiación. Berlín y otras muchas ciudades de Centroeuropa de las que os hablé en estas entradas están en la Saga Destino. Así que este lugar... también tenía que estar. Lo elegí para que viviera la madre de Lucía en la Saga Destino, y para que los dos protagonistas tuvieran allí algún que otro momento de gloria (si los habéis leído, sabéis de lo que hablo).

En el lugar en el que estoy, las cigüeñas anidan en lo alto de los acantilados. Y es demasiado flipante.

Y se acabaron las confesiones por hoy. Espero encarecidamente que el tiempo me compense por esa desgracia climática que es vivir en Coruña, y ahora mismo, mientras leéis esto, esté tumbada al sol con el cuerpo descansado y la cabeza puesta en las próximas historias que están por llegar.

¡Muchos besos!

Puedes leer la primera y la segunda parte de los escenarios reales de la saga Destino pinchando en los enlaces. Y también lo poco que me queda por contaros sobre la historia de Diego y Lucía.

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