domingo, 12 de marzo de 2017

'Ella lo entendió tarde'. Relato participante en el concurso #historiasparalaigualdad de Zenda

Ella lo entendió tarde

La llamaron Ella porque nació en un día de verano que olía a jazz.


Ella no creía en la igualdad porque nunca pensó que fuera necesario hacerlo. Ella no se sentía ni diferente ni inferior a los hombres, así que la igualdad era un hecho. Una realidad tangible. Algo en lo que no es necesario creer, como no se cree en el cemento armado, los macarrones con tomate o las flores del campo. Existen. Punto.

Ella sintió la igualdad desde niña. Desde que vestía pantalón corto en vez de falda. Desde que escondía sus tirabuzones con cortes a lo chico. Desde que prefería el fútbol a las Barbies.

Ella no entendía qué reivindicaba el feminismo. Sentía que la victimizaba. Que reclamaba para las mujeres cosas que podrían conseguir por sí mismas, sin deber luego nada a nadie. Si tenía que estudiar el doble que un hombre, lo haría. Si tenía que demostrar su valía por mil medios diferentes, lo haría. Si solo había una mínima rendija por la que una mujer podría colarse, sería para ella. Así que… a otra perra con esas cuotas.

Ella no creía en el acoso sexual en el trabajo. Quizá si sus compañeras dedicaran menos tiempo a los pintalabios, los tacones de aguja y el Chanel nº 5, nadie las acosaría en la oficina. Ella se enfundaba a diario su traje pantalón de corte masculino, y nadie se había atrevido jamás a propasarse.

Ella se reía de sus amigas cuando tenían miedo al volver a casa por la noche. Sentía que era ridículo, que las mujeres nunca serían libres mientras estuvieran asustadas. Ella sabía que no había un método más eficaz para evitar los sustos que mantenerse alejada de los escotes de vértigo y las copas de más.

Ella desconfiaba de las cifras sobre brecha salarial. Ella cobraba lo mismo que sus compañeros. Se lo había ganado. Solo los jefes tenían salarios más altos. Y sí, eran todos hombres, pero nadie tiene la culpa de que las mujeres prefieran la vida familiar a la profesional, ni de que sean demasiado ambiciosas cuando alcanzan puestos de poder. Nadie quiere una jefa mujer, eso es de dominio público.

Ella tenía su propia opinión sobre el maltrato doméstico. Les pasaba a otras. A mujeres pobres, sin formación, sin apoyo familiar. Pobres. Inmigrantes. Una mujer preparada no permitiría que le ocurriera algo así. Denunciaría. Huiría.

Ella no era feminista. No creía que fuera necesario etiquetarse como tal. Las feministas solo eran unas pobres trasnochadas, nostálgicas de Woodstock y Sylvia Plath. Ella no quería acabar con la cabeza metida en el horno por perseguir fantasmas que ya no existían.

...

Ella lo entendió todo cuando ya era demasiado tarde. Entendió que igualdad habría sido tener que luchar lo mismo que un hombre para llegar al mismo lugar. Habría sido no tener que renunciar a su femineidad para ser respetada. Entendió que los fantasmas sí existían, y que a veces tomaban forma corpórea. Entendió que toparse en la vida con la persona equivocada era un error que los hombres se podían permitir casi siempre, pero que a una mujer podía costarle caro. Podía costarle todo.

Ella lo entendió cuando dejó de ser Ella para convertirse en una más de ellas. De las ellas de cada año. De las setenta y tres de 2010. De las sesenta y una de 2011. De las cincuenta y dos de 2012. De las cincuenta y cuatro de 2013 y 2014. De las sesenta de 2015. De las cuarenta y cuatro de 2016. 

Para algunos, ellas son solo una estadística. Ahora nos toca a nosotras ser su voz.

Este relato es mi participación en el concurso 'Historias para la igualdad', organizado por Zenda.

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