jueves, 13 de octubre de 2016

Volver a casa sola

Volver a casa sola

Voy a empezar diciendo que siempre me he considerado una tía valiente. Lo que algunos darían en llamar temeraria, incluso. No solo no me dan miedo el noventa por ciento de las cosas que a muchas de mis amigas sí se lo dan, sino que ni siquiera entiendo esos miedos. Lo único que me da un miedo atroz son las pelis de terror y las ratas, porque soy tan retrasada mental que le tengo más miedo a la ficción que a la realidad y a algunos animales que a algunos humanos. Supongo que el origen de todo (de lo de no tener miedo, no de lo de las pelis y las ratas) está en una adolescencia rebelde, en la que me negaba a aceptar un exceso de protección y, ya no digamos, la más mínima diferencia con mis amigos chicos. Eran los tiempos en que creíamos que el feminismo consistía en conseguir la igualdad absoluta teniendo que dejarnos nosotras los huevos para ello sin ayuda alguna, y en que del concepto de discriminación positiva solo nos quedábamos con la primera palabra. El caso es que, en aquellos tiempos ya muy lejanos (¿cómo puede hacer veinte años que era adolescente, madre del amor hermoso?), me acostumbré a hacer cosas de esas que estremecen a las madres (a la mía no demasiado, que ella también es bastante temeraria): volver a casa sola de madrugada, no avisar a nadie de si llegaba bien o mal y alguna que otra que no mencionaré por preservar mi ya mermada reputación.


Pronto, mis amigos se acostumbraron a no acompañarme nunca a casa o a la parada de taxis, después de tener que aguantar sábados y sábados de mi yo radical gritándoles que por qué se ofrecían a acompañarme a mí y no entre ellos. Que si no tener pene me hacía inferior o qué. Que si entre ellos se pedían toques al móvil (era pre-whatsapp, recordemos) para asegurarse de que todos estaban plácidamente dormidos en sus casas. Joder, no sé ni cómo me aguantaban. Qué intensita he sido toda mi vida.



El caso es que los años han pasado y yo me he aburguesado, que para eso soy vieja, para disfrutar del aburguesamiento. Sigo saliendo todos los sábados, que hay cosas que van en la sangre (en mi caso, el whisky con Coca-Cola, por ejemplo), pero ya no vuelvo caminando a casa de madrugada porque me he gastado los tres euros que reservaba para el taxi en una última copa. Ahora las copas ya no cuestan tres euros y los taxis se pueden pagar con tarjeta, así que lo de sufrir una caminata con los tacones de vuelta a casa a las 6 de la mañana... como que pasó a la historia. Además, tanto en mi ciudad habitual como en donde paso las vacaciones, vivo en pleno meollo nocturno, así que es difícil que me pille una calle aislada o con poca gente. Pero siempre hay excepciones.

Mi excepción llegó hace un par de sábados. Había quedado con una amiga en un pueblo a pocos kilómetros de mi lugar de veraneo. Ella estaba allí con otras amigas aprovechando que eran las fiestas. Quedamos sobre las doce de la noche. Después de algo así como cuatrocientas cincuenta vueltas al pueblo con el coche, estaba a punto de rendirme al hecho de que jamás iba a encontrar sitio para aparcar y volverme a mi casa. Pero entonces vi, en una zona alejada del centro del pueblo, una especie de aparcamiento habilitado por las fiestas. Un descampado, vaya. Estaba a tope de gente (y de coches) cuando al fin logré aparcar en él. Llamé a mi amiga, nos fuimos a tomar algo y las horas pasaron casi sin darnos cuenta, de esa manera en que pasan cuando estás cómoda con alguien, aunque casi acabes de conocerlo.



Cuando me quise dar cuenta de que ya era hora de ir volviendo a casa, eran las cinco de la madrugada. Nos despedimos y enfilé el camino hacia mi coche. Desde más o menos la mitad del trayecto, no había ni Perry por la calle. Literalmente, ni una persona. Ni coches. Y el descampado, que se veía al fondo, ya no tenía el foco enorme que lo iluminaba cuando yo había aparcado. La orquesta había dejado de tocar un par de horas antes y el meollo de la fiesta se había trasladado a otra zona del pueblo. Estaba más oscuro que el carajo. Y, entonces, ocurrió. Lo que no me había pasado en treinta y seis años. Me cagué de miedo. No sé si fueron los ecos de la desaparición de una chica también en Galicia, también durante unas fiestas, también en un trayecto descampado. No sé si fue que a los 36 tienes una prudencia que a los 16 te falta. No sé qué coño fue, pero el caso es que me oía el corazón en los oídos, coño. Y me pegué una carrerita antológica hasta mi coche cuando al fin lo divisé (antológica porque la última vez que a mí se me había visto correr estaban de moda los New Kids on the Block). Y no había ni una gota de alcohol en la paranoia, que recordemos que había llevado el coche.

El caso es que, en cuanto entré en mi coche y cerré los seguros con una fuerza que casi me dejo el dedo en el botón, me cabreé. Dios, me cabreé de cojones. ¿Por qué se supone que tenemos que tener miedo? ¿Por qué mis amigos vuelven a casa tan campantes los sábados, recorriéndose media ciudad caminando, con una melopea de pelotas, y yo, de repente, estaba aterrorizada? Y la respuesta fue desoladora: porque somos el lado débil de la balanza. Porque desaparece una chica y siempre hay alguien (a veces, incluso, con dos cojones, en los medios de comunicación) que comenta que qué hacía volviendo a casa sola de madrugada. O que por qué llevaba aquel short. O que, si nos emborrachamos, se lo estamos poniendo muy fácil a un agresor.



No sé qué dicen las cifras sobre cuántas chicas son violadas los fines de semana de madrugada. De hecho, ni siquiera me creería mucho cualquier cifra que leyera, dado que, probablemente, muchas agresiones pasen sin denuncia. Tampoco sé cuántos atracos hay a punta de navaja o de simple intimidación. Por suerte, a ninguna amiga mía la han agredido nunca (que quede claro que hablo de violación consumada, la agresión que supone tener que oír comentarios sexualmente intimidantes, por desgracia, la hemos pasado todas). A un par de amigos míos (casualmente, ambos chicos) sí los han atacado de madrugada para robarles, a uno de ellos tirándolo al suelo para robarle el móvil y al otro, poniéndole una navaja en el cuello. ¿Y sabéis qué? Que no oí a nadie comentar que qué coño hacían a las cinco de la mañana en la calle. O haciendo ostentación de riqueza con un polo de Ralph Lauren. O poniéndoselo muy fácil al ladrón, teniendo el móvil en la mano.

Porque, cuando alguien te atraca, los únicos comentarios que se oyen de los demás son «vaya hijos de puta» o «ya no se puede salir tranquilo de casa». Pero, cuando a una chica la violan, secuestran o atacan, siempre hay alguna madre de esas que lo saben todo que aporta un «pues yo a mi hija no la dejo salir así vestida de casa», algún padre que se indigna porque «no deberían andar solas por la calle a esas horas» y cientos de dudas sobre si, borracha y a las tantas de la mañana, no habría algo de consentimiento en esa supuesta violación (no se nos vaya a olvidar el "supuesta", que lo mismo se desata el Apocalipsis).

Y es que el cine lleva años mintiéndonos. Nos han pintado a los violadores como unos tipos súper creepy, al estilo del Buffalo Bill de El silencio de los corderos, que secuestran a chicas en la parte de atrás de su furgoneta y les arrancan la piel a tiras para hacerse un traje de lagarterana (o algo así, vamos, recordad que no veo pelis que dan miedo). Pero no. Los presuntos violadores en grupo de los pasados sanfermines eran unos tíos normales. Unos quinquis de cojones, sí, del ambiente ultra del fútbol en el que, por cierto, conozco a mucha gente y me he tomado muchas copas. Puede que alguna, en Sevilla, con esos tipos al lado. Uno militar. Otro guardia civil. Algo bastante alejado de la imagen de chiquillo acomplejado con madre dominante y sexualidad reprimida que nos ha vendido el cine. Nada que ver. Si se demuestra que lo hicieron (aquí sí pongo todos los "supuestos" y todos los "presuntos" del mundo, que el caso está sin juzgar), se probará que unos tíos más o menos normales son capaces de violar, entre cinco, a una chica, como parte de la celebración de una noche de fiesta. Como quien se pide otra copa, o se mete unos tiros, o mea contra un contenedor. Repito: violar entre cinco colegas a una chica. ¿Cómo cojones no vamos a tener miedo cuando volvemos solas a casa?



Supongo que, en cierto modo, me puedo considerar muy afortunada de no haber tenido ni un solo incidente en mi vida. Ya no es que no me haya pasado nunca algo realmente grave, sino que hasta una vez que me robaron la cartera, acabaron devolviéndomela (esta historia irá muy arriba en el libro de anécdotas surrealistas de mi vida). Pero me niego a añadir a ese "me considero afortunada" la coletilla "pese a haber sido imprudente". Yo no he sido imprudente. Yo tengo derecho a volver a casa a la hora que me dé la gana, en el estado que me dé la gana, como si quiero volver con las bragas en la cabeza, y que nadie me tache de imprudente. Imprudentes son los padres que dedican horas a recordarles a sus hijas cómo no deben vestir, pero ni un minuto a explicarles a sus hijos lo que es el respeto a las mujeres. Imprudentes son los desconocidos que no se cortan en hacer un comentario subidito de tono sobre nuestras tetas, porque creen que si llevamos escote están ahí para que las analicen. Imprudente es no darnos cuenta de que en la tolerancia con la agresión verbal está el germen de la física, por más que muchos de los "guarros" que podemos encontrarnos en la noche no den jamás un paso más allá. Imprudentes somos nosotras si alguna vez juzgamos a otra mujer por cómo viste, cómo se comporta o cómo vive, y añadimos la frasecita «cualquier día le va a pasar algo».

No seré yo quien llame a la temeridad o quien vaya contra todos esos consejos que se dan a las mujeres que vuelven solas a casa por la noche. Por cierto, la RAE tendrá que admitir en algún momento una nueva acepción de la palabra sola: «mujer a la que no acompaña varón». Porque, si volvemos acompañadas de alguna amiga, también dirán que vamos solas. Esa paradoja lingüística ya daría para un post en sí misma. Leí hace poco una frase en redes sociales que me encantó: «Cuando vuelvo a casa por la noche, no quiero ser valiente. Quiero ser libre». Pues eso. Como aún estamos lejos de conseguirlo, yo seguiré siendo valiente. Seguiré volviendo a casa sola, cómo y cuándo me dé la gana. Y algún día tendré miedo. Y volveré a cagarme en la puta si lo tengo. Porque, si dejo de hacer lo que me pide el cuerpo porque tengo miedo, los malos habrán ganado. Y eso sí que no. No me va nada el adoctrinamiento, así que esto no es un consejo. Es solo lo que haré yo.

Todas las fotos de este post han sido extraídas del portal de imágenes gratuitas Pixabay.com 

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8 comentarios:

  1. La anécdota de la cartera devuelta vamos a tener que contarla a coro porque a mí también me pasó. Yo soy como tú, me niego a vivir con miedo. Eso sí, por pura pereza, como un taxi para volver a casa.

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    1. Jajajaja, debemos de habernos topado con "devolvedores" profesionales de carteras. El mío solo se quedó con la tarjeta del autobús municipal, debía de ser un ladrón humilde :)
      Lo del taxi es una gran opción, pero a mí rara vez me llevan a casa, que vivo demasiado cerca de la zona de fiesta por la que suelo moverme. Pero sí a lo de vivir sin miedo. Sin duda.

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  2. Hola Abril!
    Cuanta razón! Yo también vuelvo muchas veces sola a casa y no considero que sea una temeraria, para nada. Simplemente pienso que es lo normal poder volver tranquila a casa y, además, quién dice que las agresiones solamente suceden durante la noche?
    Una de mis agresiones (porque lamentablemente he sufrido 3) fue cuando tenia 16 años e iba hacía el instituto a las 7:30. Estaba casi llegando cuando un hombre de unos 50 años se acercó a mi y me manoseó para luego seguir su camino casi corriendo. Me quedé estupefacta... no me podía creer lo que me había pasado. ¿Con que derecho ese personaje se tomó la libertad de hacer lo que quiso en contra de mi voluntad? Y estoy segura que se quedó tan pancho cuando yo estuve durante unos días con mucha sensación de inseguridad. El problema de estas agresiones es que suceden tan rápido que no eres consciente de lo que ha sucedido hasta que no pasa un rato y luego ya es difícil tomar una decisión (me refiero a denunciar... porque claro, a mi tierna edad de 16 años que sabía yo si eso era denunciable o no).
    El problema lo has comentado tú antes. Hay ciertas personas que se creen con el derecho de hacer lo que les dé la gana en todo momento y que, si hacen algo a alguna mujer, es porque les ha incitado y se lo ha buscado. Asco de sociedad que tolera ese tipo de comportamientos y no los sanciona y también asco hacia esas personas que culpa a la víctima por no haber evitado la agresión. Las mujeres aún tenemos un largo camino a recorrer para dejar de ser consideradas el sexo débil o para no sentir que al final debemos ser cuidadosas en todo para no ser víctimas. Que pena más grande.
    Gracias por escribir esta entrada, es necesario que este tipo de información llegue a la más gente posible para no ser ciegos a este problema. Besos!

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    1. ¡Muchas gracias por tu comentario! Qué horror y asco las experiencias que cuentas. Hasta que no lleguemos al punto de que consideremos agresiones TODAS esas cosas... poco vamos a poder hacer. A mí este verano me pasó una "chorrada" que me dejó preocupada. Unos imbéciles que estaban de despedida de soltero me empezaron a seguir diciendo guarradas (situación cero peligrosa, eran como las 22.00 y había mucha gente alrededor) y llegó un momento que me di la vuelta y les dije que si no se largaban iba a llamar a la policía y denunciarlos por acoso. Se descojonaron de mí y me sentí taaaan desprotegida. Porque, probablemente, si llamara por eso... la policía también se descojonaría de mí. Es una simple anécdota, pero da una idea de hasta qué punto tenemos sexismo por todas partes y, como decía en la entrada, somos el lado débil de la balanza.
      Una pena y una rabia.
      Un besote.

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  3. Totalmente de acuerdo, Abril

    Es que de verdad, parece mentira que a estas alturas todo el mundo (incluso medios de comunicación y autoridades) todavía tenga asumido que merecemos unos límites o una sobreprotección sólo por el hecho de ser mujeres. Ese “va provocando” cuando llevamos escote, un vestido corto o algo ceñido. Que yo sepa, nadie le dice a los hombres que van provocando cuando se pasean sin camiseta todos los veranos por las calles.

    Ese “¿qué hacía sola?”, “¿te vas tú sola?” o “ten cuidado si te vas sola”, como si no tuviéramos derecho a pensar que sí, podemos ir y hacer solas los que nos de la gana. Esas recriminaciones como si fuéramos nosotras las que hacen algo mal, cuando está más que claro que es el resto del mundo el que no hace las cosas bien.

    Y lo peor de todo es que la culpa de todas estas cosas las tiene la sociedad, porque aunque parezca que no, permitir ciertos detalles y conductas no trascendentales pero machistas es lo que marca la diferencia.

    Porque nos tachan de feminazis, cuando nos sentimos acosadas o ninguneadas por un hombre cualquiera que nos encontramos por la calle, y comienza a decirnos cosas obscenas o comentarios depravados. No es que exageremos, no, ni siquiera es ya por lo grosero del comentario, tampoco; es simplemente el que se crean con el derecho a hacerlo. Porque creerse con derecho a hacerlo es el primer paso para creerse con libertad de hacerlo y, por ende, hacerlo. Porque admitir estas conductas en la sociedad, al igual que lo de “provocar”, es aceptar que algo es válido porque, de alguna manera, somos nosotras las que lo causamos.

    Nosotras no somos causa de una agresión. Nosotras deberíamos tener el derecho de ir por la calle en ropa interior si nos diera la gana, sin miedo a que atenten con nuestra integridad física. Enseñar tu cuerpo, insinuar tus encantos físicos, ponerse algo atrevido es hacer con tu cuerpo lo que te da la gana. NO es una invitación a que los demás hagan con él lo que les da la gana.

    Los derechos y libertades de una persona acaban donde empiezan los de otra.

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    1. Me encanta todo lo que has dicho. Y me gusta aun más comprobar, a raíz de esta entrada, que muchísima gente opina igual que yo, que nosotras. Supongo que ese es el primer paso para conseguir algo de verdad.

      ¡Mil gracias por pasarte por aquí!

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  4. Para mí, la clave de todo está en lo que tú has comentado: en vez de decirle a tu hija que no vuelva sola, dile a tu hijo que no viole a una chica que va sola. Si lo hiciéramos (y no solo de palabra, sino con el ejemplo), se acabarían todos los problemas.

    Yo, que soy un poco mayor que tú, creo que en nuestra época de adolescentes no es que fuéramos más valientes o temerarias, sino que no había tanto ataque, tanta violación, tanto micromachismo, o quizás será que a mí no me tocó, ni a nadie de mi alrededor. Yo solía ir sola a casa tan contenta, no pasé nunca miedo (época pre-móvil y todo, que lo digo y me da la sensación de ser del pleistoceno); hoy en día paso por las mismas calles que atravesaba siendo cría y lo hago corriendo y con el corazón en la garganta. Para mí, la sociedad tuvo un boom feminista muy majo en los ochenta que se fue perdiendo en los noventa (las Spice Girls NO SON FEMINISTAS) y que ahora está completamente desdibujado. Mucho decir médica e ingeniera (que me parece genial y necesario), pero alumnos míos de cuatro años le dicen a la compañera que "tranquila, yo te protejo" porque sus padres le dicen que, al ser el chico, tiene que cuidar de las niñas. Y así nos va.

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  5. ¡Hola, Ruth!

    Pues no te creas que estoy muy de acuerdo con lo de que ahora estamos peor. Yo creo que la sociedad actual es muchísimo más consciente del machismo y de esos micromachismos que a veces no son nada "micro". Y quizá esa consciencia mayor hace también que "la parte contraria" (que, por supuesto, no son los hombres en general, sino los neanderthales) se radicalice. Vamos, que a nosotras nadie nos llamaba feminazis porque... no había de eso. Yo he tenido muchísimas alumnas adolescentes que se indignaban por cosas que nosotras, a los 16, consentíamos sin problema. Vamos, que, en general, soy optimista en que vamos mejorando, pero es un proceso muuuuuy lento. Al fin y al cabo, somos una, dos o tres generaciones (= décadas) luchando contra miles de años.

    Y un +1000 enorme a tu frase inicial. Los mensajes de cómo debe protegerse una chica de camino a casa son claros y concisos. Los de "eh, tú, gañán, no incomodes a una chica por cómo va vestida" son entre lights e inexistentes.

    ¡Un besote y gracias por pasarte!

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