jueves, 31 de diciembre de 2015

Bye bye 2015. Welcome 2016.

Bye bye 2015, Welcome 2016

Me vais a permitir que hoy, por ser el día que es, deje un poco de lado los consejos para escritores, las novelas románticas y todos esos temas que suelen ocupar las páginas de este blog y haga mi balance de este año que termina. Qué original, ¿verdad? Estoy segura de que soy la única bloguera a la que se le ha ocurrido.

El 1 de enero de 2015 lo empecé sin tomar siquiera las uvas, por primera vez en treinta y cuatro años de vida. Estaba demasiado enfadada con el mundo, conmigo misma y con el 2014. Había sido un año de mierda, al que me habría encantado hacer corpóreo para poder darle una buena patada en el culo; además, estaba en plena reforma y mudanza de mi nueva casa, con polvo y cajas everywhere. Fue un fin de año tan triste que ni siquiera me emborraché. Tras ese día, llegó uno de esos periodos en que me envoragino en algo hasta el punto de perder la cabeza. Le tocó el turno, claro, a la decoración del nuevo apartamento. Enero terminó mucho mejor de lo que había empezado, con mi enésimo viaje a Londres y el descubrimiento de que no sabes lo que es el frío hasta que paseas por Oxford en pleno invierno.

Londres
Diagon Alley, con dos de mis
personas favoritas del mundo
Febrero me llevó a una ciudad que no tenía muy claro si me iba a gustar y de la que me enamoré hasta el punto de perdonárselo casi todo. Estambul se me metió en las meninges con su azul omnipresente, su baklava verde, su lluvia gris, su bullicio pacífico roto por la llamada al rezo. La fugacidad del tiempo la viví en su máximo esplendor en un taxi que me llevaba a Chora, al que me subí bajo un radiante sol de invierno y bajé el pie a un manto de nieve que me cubría las botas. El caos inherente al Mediterráneo y esa infame compañía llamada Turkish Airlines nos retuvieron 48 horas en el aeropuerto de Estambul con unas carencias alarmantes de comida, bebida, WiFi y atención. Y, ni por esas, me desenamoré de Estambul.

Estambul
Llegar a un restaurante perdido de Estambul
y encontrarte esto... no tiene precio
El que posiblemente sea el día más trascendental de mi vida, el 8 de marzo de 2015, llegó sin que yo lo llamara. Era un domingo de mierda, como suelen serlo todos los domingos, y mi casa estaba perfectamente limpia y ordenada; no quedaba un solo mueble de Ikea por montar; estaba al día con el trabajo; un viajecillo para unas semanas después perfectamente reservado y planificado... Emmmm... ¿qué hago con mi vida? Y, como ya he contado cientos de veces, mi ángel de la guarda me sopló al oído que retomara el proyecto de escribir una novela. El 9 de marzo se me ocurrió que, ya que me iba a dedicar a escribir, sería bueno encontrar un curso para aprender a hacerlo (sí, como ya os he dicho cienes de veces, a escribir se aprende). Encontré el Taller de escritura de una novela romántica de ESCRibir, con Érika Gael, y los siguientes tres meses de mi vida se convirtieron en la mejor locura que he hecho jamás.

Abril lo empecé en Viena. Mi viejo sueño adolescente de Interraíl lo cumplí a los treinta y cuatro años, recorriendo con mi madre Europa Central, en un viaje del que salieron, entre otras muchas cosas buenas, una novela de la que pronto tendréis noticias. No será fácil olvidar cómo en Budapest le confesé al fin a mi madre que me había vuelto loca con esto de la escritura, ni aquel viaje en barco por el Danubio entre Bratislava y Viena, ni el olor a trdelník en Praga ni el frío helador del domingo de Pascua en una Cracovia desierta. Como viene siendo costumbre en mí, por ese viaje y por muchos otros motivos, abril fue un mes maravilloso.

Viena
Un poco de turistada paleta en la noria del Prater de Viena
Mayo me encontró sentada en el sofá, con el portátil en las rodillas, y así me pasé sus treinta y un días sin excepción, escribiendo a ritmo de 5.000 palabras al día y corrigiendo lo ya escrito. Pecado, penitencia y expiación empezaba a cobrar forma, y yo empezaba a convencerme de que, ¡madre mía!, iba a escribir una novela.

Al fin, en junio, en un día tan simbólico para mis personajes como la noche de San Juan, mi primera novela romántica vio la luz. Recuerdo el día en que leí mi primera crítica en Amazon e interrogué a todo mi entorno para saber quién había escrito aquellas palabras tan alucinantes sobre Pecado, penitencia y expiación. Cuando al fin me creí que no había sido ninguno de ellos, sino alguien a quien no conocía, comprendí lo maravilloso que es saber que has tocado la fibra a un lector con algo que un día solo estuvo en tu cabeza.
  
Pecado, penitencia y expiación
Pecado, penitencia y expiación
Julio me llevó, como cada año a ese lugar del Cantábrico del que nunca acabo de irme del todo, el lugar al que le da igual que llegue convertida en escritora o en lo que quiera porque, en sus calles, sus playas y su mar, solo soy la niña que lloraba al tener que irse de allí.
Foz
Mi lugar en el mundo
En agosto, decidí hacer uno de esos experimentos muy míos que nadie sabe cómo van a acabar. Lo que empezó como una noche de creatividad inspirada y un relato new adult de unas 6.000 palabras, acabó convirtiéndose en Parker y Amy: el pasado presente, y, por culpa de una de esas personas que el 2015 trajo a mi vida, acabó en Amazon antes de que yo misma me quisiera dar cuenta. Y, así, con esa especie de locura de una noche de verano, nació la serie de los Hermanos Sullivan.
  
Parker y Amy: el pasado presente
Parker y Amy: el pasado presente
En septiembre pusé una nueva cruz en el checklist de lugares a los que ir antes de morir. La Oktoberfest fue una mezcla de cerveza, diversión y viaje, que son tres ingredientes que, definitivamente, no se me dan mal del todo. Lástima que mi persecución a Andrés Velencoso de carpa en carpa no me diera un resultado más productivo.

Oktoberfest
No suelo dejar pasar la oportunidad de disfrazarme allá donde voy
En octubre me cansé de escuchar que Parker y Amy había dejado a las lectoras con ganas de más. Bueno, no es que me cansara de escucharlo. Me cansé de no hacer nada para remediarlo. Y, así, Travis y Emily: el pasado imperfecto vio la luz, mientras yo ya tenía la cabeza puesta en qué vida darles a los siguientes hermanos Sullivan.

Travis y Emily: el pasado imperfecto
Travis y Emily: el pasado imperfecto
Noviembre no fue un gran mes, no nos vamos a engañar. Básicamente, porque me pasé la mitad de sus días ingresada en un hospital en aislamiento. No soy yo de ponerme muy melodramática, así que hablaré en mi idioma diciendo que se me pusieron los huevos de corbata con ciertas perspectivas de salud que, por suerte, finalmente se quedaron en falsa alarma. Si fuera una persona religiosa, probablemente habría dado gracias a Dios por ello. Como no lo soy, decidí que ya estaba bien de posponer mis deseos y cerré mi negocio para lanzarme de cabeza a un montón de aventuras que aún no he sido capaz de calibrar.

¿Y diciembre qué? Pues diciembre me trajo los treinta y cinco, así, uno encima del otro. Pero, sobre todo, me trajo la posibilidad de celebrarlo con las personas que más quiero en este mundo que, además, son muchas. Y me trajo a Preston, claro. Bueno, o lo traje yo a él, o lo que sea. Y la Navidad, que por más cosas chungas que me haya traído la vida en los últimos años, no puedo evitar que siga encantándome. Y... hasta aquí hemos llegado.

Preston y Lisa: el futuro presente
Preston y Lisa: el futuro presente
2015 será para siempre el año en que cumplí un sueño que ni sabía que lo era. El año en que conocí a personas fantásticas con las que compartir pasiones literarias. El año en que me convencí, al fin, de que encontrar la felicidad depende muy poco de factores externos y mucho de cuánto empeño pongas en ello. El año en que le planté cara a mis fantasmas y los mandé a un lugar del que no creo que se atrevan a volver a salir. El año en que se confirmó que no estaba tan equivocada cuando decidí mantener en mi vida a alguien que me hace feliz. El año en que, al fin, volví a reírme a carcajadas. Podría decir que fue el año en que me di cuenta de que tengo a mi lado a la mejor gente que podría soñar, pero eso ya lo sabía en los años anteriores. Podría decir que fue el mejor año de mi vida, pero esos serán los que están por venir.

¡Feliz 2016 a todos!

2 comentarios:

  1. ¡Feliz 2016, guapetona!
    Menudo 2015. Lo primero de todo: enhorabuena por dejar toda la mierda atrás, por lanzarte a escribir y hacerlo con ese talento.
    No sabes la envidia que me da lo mucho que viajas. Yo de momento me tengo que conformar con hacerlo a través de los libros.
    Me ha encantado la última frase por eso me voy a despedir con un tópico que espero sea una realidad: Que lo mejor de tu 2015 sea lo peor de 2016.
    Un beso enorme

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    1. ¡Muchas gracias, Isabel! Mis mejores deseos también para ti en este año. Seguro que será un gran año y que, sobre todo, vendrá cargadito de libros, que es lo mejor que se le puede pedir.
      Un beso!

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