jueves, 15 de octubre de 2015

Los escenarios de mis novelas románticas y los tres amores de mi vida


Hace ya algún tiempo que decidí empezar con esta serie de entradas sobre los escenarios favoritos de mis novelas románticas. Por si os lo perdisteis en su día, comencé, cómo no, con París (10 lugares en los que enamorarse de París 1/2 y 10 lugares en los que enamorarse de París 2/2). Sí, lo sé, no me van a dar el premio a la originalidad en la ambientación de mis novelas. Los dos primeros escenarios en los que las ambienté fueron París y Nueva York, Trilladísimo, soy consciente. Pero es que... ¿hay acaso algún lugar en el mundo mejor que estas dos ciudades? Yo me atrevo a susurrar que Londres, pero, de momento, ninguna trama me ha llevado allí.


Siempre hay un motivo para viajar
Una buena receta
No hay nada en este mundo que me guste más que viajar y leer. Viajar y leer, viajar y leer. Mi vida ha sido una constante en torno a estos dos conceptos que, además, tienen mucho que ver entre sí. Viajar es aprender, empaparse de cultura, conocer, empatizar... en resumen, viajar es leer. Y leer es imaginar nuevos lugares, enamorarte de escenarios que están solo en tu cabeza, sentirte libre y jugar a interpretar un papel diferente al que te ha asignado la vida... en resumen, leer es viajar. Así que, viajando y leyendo (y, en los últimos tiempos, también escribiendo), conocí a los tres grandes amores de mi vida: Londres, París y Nueva York.

París, Londres y Nueva York, los tres amores de mi vida
Los tres amores de mi vida en imágenes muy cuquis

Londres fue mi primer amor. Me enamoré de él en la adolescencia, con esa fuerza con la que el corazón te late solo a esa edad. Y ya nunca lo olvidé, como nunca se olvida a la primera persona que te despertó el mejor sentimiento del mundo. Que sea la ciudad estrella de los vuelos low cost me ha permitido ir en diez o doce ocasiones desde aquella primera, y creo que nunca me cansaré de volver. Me enamoré de Londres cuando tenía quince años y no había salido nunca de España (salvo a Portugal, que para los gallegos es algo así como ir al súper, así que no cuenta). En aquella época, Candem todavía nos sonaba un poco a chino y lo más molón que conocíamos (de oídas) de Londres era Portobello Market. Y allí, concretamente en las escaleras del metro de Notting Hill Gate, llegó el flechazo. Ojalá pudiera decir que me enamoró la grandiosidad victoriana de Buckingham Palace, la decadencia teatral del West End o el eco de la historia en la Torre de Londres. Todo eso aprendí a apreciarlo más tarde, pero el flechazo llegó cuando vi a una pareja besarse en aquellas mismas escaleras del tube. La escena podría haber sido más parisina que londinense si no fuera porque la pareja en cuestión estaba formada por dos hombres, uno de ellos con una cresta enorme de pelo fucsia; el otro, con la cara llena de piercings y los brazos, de tatuajes. Yo me creía tan cool a los quince que llevaba meses pidiéndole permiso a mi madre para hacerme un piercing en la nariz (han pasado veinte años y aún no me lo ha concedido), pero era lo más provinciano que os podáis imaginar. Era 1996, es decir, estábamos en medio de esa década que ya había calmado las movidas de la anterior y aún no había alcanzado la modernidad que trajo el nuevo milenio. Estoy segura de que la mayoría de mis compañeras de colegio, con el uniforme de cuadros escoceses, se habrían quedado horrorizadas con aquel beso tan alternativo. Pero yo siempre he sido minoría, y esa es la imagen que se materializa en mi cabeza cuando pienso en Londres. Ese día decidí que algún día viviría en Londres y, aunque hubo un par de amagos, ese traslado definitivo se está haciendo de rogar tanto como el piercing de la nariz. Algún día... Igual que, algún día, llegará a mi cabeza una historia que me pida ese escenario. Habrá una pareja que quiera recorrer de la mano Covent Garden, besarse bajo el London Eye y enamorarse de la ciudad en Shoreditch como yo lo hice veinte años antes en el otro extremo de la ciudad. Ojalá llegue pronto esa pareja, y ojalá esté yo allí para contarlo. ¡Ay, Londres! Va a ser verdad eso de que el primer amor no se olvida.

Londres
La imagen icónica de Londres.
En próximas entradas... mis rincones secretos

El primer amor es maravilloso, pero el último es el que cuenta. Ese del que te morirás enamorada porque, simplemente, sabes que ha sido el gran amor de tu vida. Ese es París. Desconfío de esas relaciones que empiezan en la adolescencia y se mantienen inalterables toda la vida. No digo que no sea maravilloso pasar toda la vida enamorada de tu primer amor, pero tengo un culo demasiado inquieto para poder permitírmelo. Supongo que cuando tu gran amor llega a tu vida, lo sabes. Quizá lo sepas incluso antes de conocerlo, dando sentido a ese cliché tan de novela romántica. A mí me ocurrió con París. Desde muy joven, sabía que el día que sus ojos y los míos se cruzaran, entraríamos en una espiral de amor puro que nada podría romper. Pasé muchos años viviendo amores de un par de noches. Me enamoré de Bruselas, pero no lloré al decirle adiós; tuve una aventura desenfrenada con Estocolmo, pero nadie salió herido; Amsterdam me rompió el corazón, pero se me curó poco después de subirme al avión... Estaba, simplemente, esperando que llegara él. El amor de mi vida. Tenía casi treinta años la primera vez que vi París y ya había conocido casi todos los países de Europa. En el avión, me sentía como una enamoradiza damisela victoriana de camino a conocer al marido que sus padres había elegido para ella. París tenía que ser el gran amor de mi vida, y me aterrorizaba que me decepcionara. Llevaba demasiado tiempo guardándome para él. Pero no decepcionó. Pasé diez días en París, en medio de la mayor ola de calor de los últimos cien mil años, y ni eso ni ninguna otra cosa impidió que supiera que jamás la iba a olvidar. Aquel viaje fue mi luna de miel, y el artista anteriormente conocido como mi marido y yo, en pleno ataque de moñez, nos prometimos regresar allí a celebrar a todos nuestros aniversarios. La promesa nos duró dos años, poco menos que el matrimonio en sí, pero esa es otra historia. Incluso una vez, en un viaje de ensueño en que me enamore (un poco) del valle del Loira y sus castillos, tuve que hacer una escapada a encontrarme con París. Fueron muchas horas de coche para un encuentro que me dio para ver la Torre Eiffel por enésima vez y poco más, pero no podía tener la ciudad tan cerca y no regresar a jurarle mi eterna pleitesía. No puedo engañar a nadie: París es el amor de mi vida.

París
Dios mío... ¿Pero cómo se puede no amar París?
Nueva York llegó en la edad madura. Me pasé años renegando de la ciudad. Siempre he querido ser la viajera alternativa, y Nueva York me parecía demasiado cliché. Mirad dónde ha quedado la viajera alternativa, enamorada de tres topicazos como París, Londres y Nueva York. En fin... Al final, un día me rendí a la opinión general y decidí conocer Nueva York. Y la ciudad llegó como esa aventura desenfrenada que te empotra contra una pared cuando ya no esperas que esas cosas te pasen a ti. Me enamoré de esa masa informe de cemento y personas hasta tal punto que olvidé que un día había amado a París. Sí. Le fui infiel al amor de mi vida. Le fui infiel en el mismo momento en que me colé en una capilla de una calle perdida de Harlem, no porque siga queriendo ser alternativa sino porque no encontré la que recomendaban para turistas. Le fui infiel cuando descubrí que me sentía como en casa engullida por la masa de commuters de Grand Central. Le fui infiel evocando a Lennon ante el edificio Dakota. Debía pensar en París, pero ya no podía, no sabía ni quería. Nueva York me golpeó fuerte. Tanto, que no tardé ni un año en regresar y dejar que me llevara a los mismos lugares y que me descubriera otros completamente diferentes.

Nueva York
Y lo peor es que parece fea...
Londres, París y Nueva York. El primer amor, el amor de mi vida y el amor loco que me hizo querer dejarlo todo. ¿Elegir? No creo demasiado en la monogamia entre personas como para hacerlo entre ciudades. Cada una tuvo su momento, cada una tiene aún sus momentos. Volveré a ellas cada vez que tenga oportunidad y, mientras tanto, seguirán siendo protagonistas de mis novelas románticas

París en Pecado, penitencia y expiación
Una de mis escenas favoritas de mi primera novela
La trama de Pecado, penitencia y expiación transcurre entre París y Nueva York. Las aventuras de los Hermanos Sullivan en Parker y Amy: el pasado presente y en Travis y Emily: el pasado imperfecto (y en las dos entregas que quedan por venir) transcurren en Nueva York. Tengo un par de novelas más en perspectiva que se ubicarán en escenarios que también un día me dieron un chispazo en el alma. Y seguiré esperando que algún personaje me pida enamorarse en Londres.

Nueva York en Pecado, penitencia y expiación
LA escena de Pecado, penitencia y expiación
Podéis encontrar mis escenarios favoritos de París en las dos entradas que escribí hace poco. Ya sabéis, es el gran amor de mi vida, así que empecé a hablar de él antes incluso de hacer esta introducción. Pronto haré un recorrido parecido por Nueva York y por Londres, que espero que disfrutéis tanto como yo lo haré reviviendo los momentos vividos en ellas.

¡Nos vemos pronto!

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