jueves, 20 de agosto de 2015

10 lugares en los que enamorarse de París (2/2)

Novela romántica en París

La semana pasada inauguré esta sección del blog, dedicada los escenarios de mis novelas románticas. Y, cuando digo mis, no me refiero necesariamente a escritas por mí, sino a todas aquellas que he acabado considerando un poco mías por haberme llegado muy hondo. De una de ellas, hablaré al final de esta entrada.

Si os perdisteis la entrada de la semana pasada, podéis encontrarla pinchando en el siguiente enlace: 10 lugares en los que enamorarse de París (1/2).


Hoy continuamos con el repaso a lo mejor de París, a lo mejor de mi París, al menos.

6. Las tiendas de música de la Rue de Madrid y la Rue de Rome: lo confieso, no tengo ni idea de música. He convivido quince años de mi vida con un músico semiprofesional y ni por esas. Vamos, que no es que no distinga una corchea de una semicorchea; es que no distingo un violín de un piano. Pero, en mi segundo viaje a París, la casualidad quiso que me alojara en los alrededores de la estación de Saint-Lazare (la casualidad y una oferta de Booking, vamos). Y en esas conocí la Rue de Madrid y sus alrededores. Y me enamoré de las tiendas de luthiers y artesanos que salpican cada esquina de esa zona. Un lugar súper recomendable para darse un paseo tranquilo y, si eres un ignorante musical como yo, ver escaparates.


Tiendas de música de la Rue de Rome Rue de Madrid
Me enamoré tanto tantísimo de la zona que
esta es la única foto que hice. Magistral.
7. Café de la Paix: vamos a empezar con cosas un poquito más mundanas, que no todo va a ser cultura y arte. El Café de la Paix es uno de los arquetipos de lo rancio, rancísimo, parisino. Vamos, que si se sufre cierto rechazo hacia lo pijo, es mejor ir con el antiácido tomado. Pero, no nos engañemos, desayunar en su terraza, viendo el bullicio de turistas y parisinos desfilando por el Boulevard des Capucines, con la Ópera Garnier de fondo... no tiene precio. Bueno, precio tiene. Y de agárrate que vienen curvas. ¿Mi consejo? Si se va acompañado, que uno pida un desayuno de negocios (petit-déjeneur d'affaires) y el otro, solo una bebida. Y compartir todo. Como guarros. A rancho. El desayuno en cuestión incluye una cesta (ideal, claro) con seis piezas de bollería, mantequilla, mermelada y toda la pesca. La parte de compartir el zumo de naranja es el punto más cutre de un truco que ya es cutre per se. Pero, recordemos, somos turistas, no parisinos. Lo cutre no nos está vedado; es, incluso, obligatorio.

Desayuno en el Café de la Paix (París)
Al fondo, la Ópera Garnier.
En primer plano, una persona 30 euros más pobre.
8. Le Cyrano: quien me conoce sabe que soy una persona a la que le gusta un poquito salir de fiesta. Y quien haya viajado un poco sabe que, siendo español, salir de fiesta por otros países suele ser una experiencia bastante decepcionante. Salvo que tengas Visa platino, claro. Acostumbrados a los cubatas a cuatro euros, el entrar y salir de mil locales sin pasar toda la noche en uno fijo y vivir más en la calle que en el interior, la experiencia de irse de marcha por Europa suele ser un bajón. Pero yo soy inasequible al desaliento, así que en uno de mis viajes a París, me aventuré por la zona cercana al hotel, y di con mis tacones en el Boulevard de Clichy. El Boulevard de Clichy (aclaración para que no nos líe Google Maps) tiene dos zonas: la que todo el mundo conoce como Pigalle, con el Moulin Rouge, los sex shops, etc. (que tiene su encanto, pero está demasiado turisteada y, a determinadas horas de la madrugada, da un poquito de repelús), y la zona aledaña a la Place de Clichy.

Y ahí mismo, en una calle pequeña, casi llegando a la plaza, está el bar con más encanto en el que he estado en mi vida (y en librerías he estado en muchas, pero en bares... ni te cuento). Le Cyrano. Acabo de hacer una búsqueda en Google para este post, y parece que no soy tan alternativa y el lugar no lo he descubierto yo, sino que tiene su cierta fama. Yo solo puedo decir que en ese bar bebí los mojitos más alucinantes que he probado en mi vida (lo cual es bastante irónico que me ocurra en París y no en La Habana). Y que te dan una caja de cerillas con la cuenta (¡una caja de cerillas!, ¿puede ser todo más parisino?). Y que la decoración es una mezcla de modernismo y decadencia tan alucinante que solo quieres quedarte a vivir allí. O, al menos, eso es lo que querría haber hecho yo.

Le Cyrano (París)

9. El desayuno en el Ritz: por si el punto dedicado al Café de la Paix no hubiera sido lo suficientemente pijo, aquí viene otro de los placeres (casi) imposibles de París. Un montón de astros bien alineados quisieron que una noche de mi vida acabara alojándome en el hotel Ritz. Necesitaría un montón de posts para dar toda la envidia que puedo provocar, teniendo en cuenta que me negué a abandonar el hotel en toda la jornada y lo conocí todito: el spa, los bares, las terrazas, hasta los pasillos. Sí, obviamente, hubo una foto en el ascensor en el que hemos visto mil veces bajar por última vez a Lady Di. Pero me voy a centrar en el desayuno, porque al menos en el momento en que yo fui era posible desayunar por libre, sin haberse alojado en el hotel, que es lo verdaderamente prohibitivo. Por supuesto, hay dress code, así que es importante informarse bien antes de aparecer en look turista en el medio del salón de desayunos más alucinante del mundo conocido. Yo estuve a puntito de liarla parda en este aspecto.

¿Qué decir del desayuno en sí? Pâtisserie de la buena, zumos naturales de frutas de las que jamás había oído hablar y postureo nivel muerte. Cuando me escuché a mí misma decir sobre el maître «aaay, este hombre tiene pinta de haber correteado por los pasillos del hotel desde niño», me di cuenta de que se me había ido la olla ya a un nivel preocupante.
Desayuno en el hotel Ritz (París)
Servidora en una de las terrazas del Ritz, con cara de
estar más desubicada que un torero en una biblioteca

10. La torre Eiffel: topicazo al poder. Imagino que nadie que haya visitado París, se ha saltado la visita a la torre. Y, pese a que soy la primera en estar harta de que sea una referencia obligatoria en toda novela romántica que se precie, yo misma no he podido resistirme a darle un papel protagonista en mi novela Pecado, penitencia y expiación. Vale que con un toque un poco porno por momentos. Pero no es excusa. En mi caso, no estoy enamorada de la torre solo por fetichismo romántico. Me apasiona la arquitectura y, particularmente, la arquitectura del hierro. Aunque supongo que, ubicada en otro entorno y con menos marketing a lo largo de los siglos, no me arrancaría el aliento cada vez que la he visto. Porque eso es algo que no se me pasó la primera vez. Cada vez que he visitado París y ha surgido (porque cualquiera que haya visitado París, sabe que la torre surge cuando menos te la esperas), me ha impactado incluso más que la vez anterior.

Como consejo para viajeros, por supuesto, subir a la cumbre me parece un must. Hacerlo es ascensor, para vagos redomados personas en su sano juicio, también. Comer con París a nuestros pies, también. ¡Ojo! He dicho comer, no cenar. La cena en la torre es difícil que baje de los 150 euros por persona (normalmente, con las bebidas aparte). En cambio, a mediodía, el restaurante del nivel intermedio (58 Tour Eiffel) ofrece una especie de menú picnic por aproximadamente 40 € (cuando yo fui, era mucho más barato, así que me temo que la recomendación no es tan tremendamente buena como pensaba antes de consultar los precios actualizados). En mi opinión, salvo una ocasión muy muy especial, la cena no merece la pena. En cambio, cuarenta euros por comer en el monumento más célebre del mundo, con vistas a los jardines del Trocadero, me parece bastante asumible. Cruzad los dedos para conseguir mesa en primera línea de ventanal (¡yo lo hice! No cruzarlos, conseguirla).

Vistas desde el 58 Tour Eiffel (París)
Estas eran las vistas desde mi mesa.
Sí, definitivamente, mereció la pena.


Bonus track. El mejor croissant de París: una de las primeras cosas que se aprende cuando se visita París es que llevamos toda nuestra vida engañados. Lo que comemos aquí no son croissants. Croissants son los franceses. En uno de mis momentos favoritos de mi novela Pecado, penitencia y expiación, los protagonistas hablan sobre encontrar, en París, el croissant perfecto. Sabía de lo que hablaba al escribir esa escena. Yo lo encontré. Y me encantaría decir que fue en una pequeña boulangerie antigua, en pleno Montmartre, cerca de la Place du Tertre. O en una calle aledaña a la Sorbona, en el Barrio Latino, con historias del mayo del 68 a porrillo. No. El croissant perfecto (y puedo dar fe de que el trabajo de campo de esta investigación fue tan arduo como placentero) lo encontré en una tienda tipo off license londinense, que vendía lo mismo bollería que bebidas energéticas o tabaco. Hacedme caso, si lo probáis algún día, lo entenderéis. En la Île de la Citê, frente a la Sainte-Chapelle, al lado de un Berthillon, encontraréis un local chiquitito con un toldo azul. Ahí. Comprad doscientos. Y mandadme todos los que no podáis comeros. ¡Ah! Y cuestan como un euro o poco más. DE NADA.


Siempre he pensado que es difícil estar más enamorada de París de lo que yo lo estoy. Pero, a veces, hay algo que me pone en órbita y me demuestra que París no tiene límites, ni siquiera en el amor que estemos dispuestos a profesarle. Hace poco leí la novela romántica paranormal Noche de tentación, de Érika Gael, y todo lo que creía sentir por París se multiplicó exponencialmente de la mano de sus protagonistas, Angélica y Asmodeus. Todos sabemos qué novelas clásicas hay que leer para conocer París, cuáles nos harán ponerle ojitos y con cuáles sentiremos mariposas en el estómago. Pero para jurarle amor, fidelidad y devoción eterna a la ciudad, Noche de tentación es la elegida.

Con estas dos últimas recomendaciones, una novela y un croissant, espero haberme ganado un par de amigos.

¡Nos vemos pronto!

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